Cómo funciona el FMI

Es un crítico excepcional de las instituciones financieras porque las conoce por adentro: trabajó en el FMI, en el gobierno de Clinton y en el Banco Mundial. En su último libro, y en este reportaje, pinta un panorama de soberbia, dogmatismo y ceguera ante el sufrimiento ajeno que explica por qué persisten en el error. Y también habla de la defensa a ultranza de los intereses económicos financieros y de las multinacionales.

—Su libro El malestar en la globalización está dedicado a sus padres. Dice que le enseñaron a preocuparse y a razonar. ¿A preocuparse por qué?

—Por los demás. Cuando uno es joven, normalmente habla con sus padres de lo que quiere ser cuando crezca. Mis padres siempre me insistieron en que no pensara en el dinero, cosa que resulta irónica para un economista, que pensara en aprender, en adquirir conocimientos y servir a los demás.

—¿Ese es el motivo por el que estudió economía?

—Me fascinaba la idea de intentar comprender el funcionamiento de los sistemas económicos, sí. Pero, además, yo crecí en una ciudad llamada Gary, en Indiana, en la que había mucha pobreza, mucha discriminación y desocupados. Pronto se me hizo evidente que algo no marchaba bien en el sistema económico. Yo quería comprender por qué las cosas funcionaban como lo hacían, y descubrir qué se podía hacer para que funcionaran mejor. Y por eso, aunque estudié física en el primer ciclo de universidad, luego decidí que quería utilizar mis conocimientos matemáticos y mis facultades analíticas para estudiar los problemas sociales.

—¿Ese impulso también fue lo que lo llevó a desear, años después, pasar de la teoría a poner en práctica sus ideas, a incorporarse al consejo de asesores económicos de Clinton?

—Sí. Antes me había dedicado a dos vías de investigación. Una era la teoría económica fundamental, la economía de la información y una nueva reflexión sobre los fundamentos de la economía, con el reconocimiento de que existen imperfecciones en la información. La segunda vía, en la que trabajé mucho, era la economía del sector público. Escribí un manual de economía pública. Me parecía que la labor del sector público era importante para alcanzar objetivos sociales más amplios. Cuando me uní a la administración de Clinton lo hice con la idea de aplicar algunas de las ideas que había desarrollado.

—En su libro habla de su deseo de reinventar la Administración, de hacerla más sensible y eficiente. «Sabía que el Estado no iba a remediar todos los males del mercado» —dice —, y no era tan bobo para creer que los mercados resolvían por sí los problemas sociales.

—En cierto modo, era la misma perspectiva que tenía el presidente Clinton, aunque él careciera de una formación en teoría económica. Aquello se convirtió en la filosofía de su gobierno, esta vía intermedia entre los extremos del libre mercado y un exceso de regulación.

—Usted pone en entredicho el modelo de economía de mercado a ultranza. Como Keynes, piensa que el Estado debe estar presente e intervenir en ciertos sectores y decisiones.

—Es más que eso. Uno de los principales resultados de la labor que hice en investigación teórica sobre economía de la información fue la demostración de que una de las razones de que esa mano invisible que mueve las cosas fuera invisible, era porque no estaba ahí. Que en realidad no hay ninguna mano. En otras palabras por detrás de la concepción fundamentalista del mercado está el supuesto de información perfecta con mercados completos, y esa es una tesis que no tiene sentido en los países desarrollados. Y aún menos en los menos desarrollados.

—Dice usted que, cuando llegó a la Administración de Clinton, le sorprendió ver que tanto en la Casa Blanca como en el Fondo [Monetario Internacional] se tomaban a veces decisiones basadas en criterios ideológicos y políticos, en vez de atender criterios económicos.

—En cierto sentido, no me sorprendió que ocurriera en la Casa Blanca. Pero lo que me pareció especialmente inquietante fue que la ideología y la política tuvieran un papel tan importante en las instituciones económicas internacionales, en las cuales se suponía que estaban presentes profesionales de la economía. Por ejemplo, la investigación nos había demostrado que la liberalización de los mercados de capitales produciría más inestabilidad, pero no más crecimiento económico. Lo sabíamos, la ciencia económica no lo recomendaba, y, sin embargo, el FMI seguía promoviendo esa liberalización. Sus motivos para hacerlo eran ideológicos y políticos, actuaban de acuerdo con los intereses de los mercados financieros. A través de la presión que dichos mercados ejercían en el Tesoro de Estados Unidos, y de la presión que el Tesoro ejercía en el FMI.

—Cuando se llega al final de su libro, el lector se puede hacer una pregunta: ¿Quién decide lo que ocurre en el mundo, con la economía de los países, con la riqueza y la pobreza de los millones de personas?

—Una de las cosas para las que me ha servido la experiencia de estar en el gobierno y el Banco Mundial es saber que no hay una persona única que tome las decisiones. Es un proceso complejo en el que entran muchas fuerzas. Ni siquiera el propio presidente de Estados Unidos toma la mayor parte de las decisiones. Tampoco él tiene la información necesaria. Serían demasiadas decisiones para él, y hay que tener en cuenta la información que recibe. Porque los distintos grupos intentan controlar la información que llega hasta el Presidente.

—Pero alguien, algunos, están a la cabeza de la toma de decisiones. ¿Cómo se hace, quiénes lo hacen?

—En el libro intento dejar claro el papel fundamental de los intereses creados: los financieros, los de las grandes empresas. Pero también insisto en que hay otros casos muy importantes en los que también entran en juego otras fuerzas. Por ejemplo, el movimiento Jubileo 2000 tuvo mucha influencia en el alivio de la deuda. El FMI se resistía, pero la sociedad civil tenía tanta fuerza que venció esos intereses. Dentro del propio Banco Mundial, por ejemplo, hay muchos economistas que están preocupados por la pobreza o el medio ambiente. De forma que esas cuestiones también se plantean. Y ésa es una de las razones por las que los debates en el Banco están más equilibrados que en el FMI.

—¿Es el FMI el que diseña las políticas?

—Diseña sobre todo las políticas macroeconómicas y las del sector financiero. Por desgracia, es frecuente que, para que un país obtenga ayuda de la UE o del Banco Mundial, el FMI tenga que aprobarlo. Así que, en ese sentido, tiene un poder desproporcionado. Hay pocos casos en los que no haya sido así. Una de esas ocasiones la cuento en el libro, cuando el Fondo anuló el programa de Etiopía, pero el Banco Mundial reconoció que sus políticas económicas eran las acertadas y triplicó su préstamo. Pero es muy difícil conseguirlo, y ocurre muy pocas veces.

—El Tesoro y el FMI, en las crisis de los países en desarrollo, tomaron medidas y dieron recetas que no resolvían los problemas, pero encajaban con los intereses o la ideología de los poderosos. ¿Qué significa esto desde el punto de vista moral?

—Quiere decir que se aprovechaban de la situación del país en crisis para promover su ideología y sus intereses. Por ejemplo, en la crisis de Corea del Sur, dijeron al gobierno coreano que, si quería dinero, tenía que hacer una serie de cosas, como cambiar las prioridades del banco central. Resulta que en Estados Unidos, su banco central, que es la Reserva Federal, se preocupa por la inflación, el empleo y el crecimiento, y que los norteamericanos creen firmemente que debe preocuparse más por el empleo y el crecimiento, y no tanto por la inflación. Pues bien, en Corea, donde no tenían ningún problema de inflación, no les dieron alternativa; les dijeron que tenían que centrarse en la inflación, y olvidarse del empleo y el crecimiento. Otro ejemplo: Corea había aceptado abrir sus mercados a productos procedentes de otros países con un calendario determinado, pero se les obligó a abrirlos a mucha más velocidad. Y, por supuesto, un período de recesión es el peor momento para hacerlo, porque puede empeorar la situación mucho más. Se suponía que el FMI debía ayudar a mejorar la crisis, no agudizarla. Fue un puro ejercicio de poder.

—¿Cuántas veces pasa eso, cuál es el porcentaje?

—Por lo menos el 50 por ciento de las veces. El problema es que, en muchas ocasiones, la situación no es ni blanca ni negra. Por ejemplo, Etiopía fue un caso extraordinario. Su política macroeconómica era sobresaliente, y sin embargo el FMI le dio un suspenso. ¿Por qué? Quería ejercer su poder. Ahora bien, la mayoría de las veces, las cosas no son tan claras. El país tiene una política no tan buena, y cuando el FMI no la aprueba no es tan fácil defenderla ni acusar al Fondo de injusticia ni valorar el efecto que las políticas del Fondo pueden llegar a tener.

—Algunos jefes de gobierno le han contado, entristecidos, que, a pesar de que las recetas del FMI eran malas para ellos, no podían negarse. Como si estuvieran sometidos a un gendarme internacional.

—Tenían miedo de que, si no estaban de acuerdo con el FMI, éste les suspendería. Y entonces, no solamente no recibirían el dinero que les iba a dar el Fondo, sino que tampoco recibirían el del Banco Mundial ni el de la UE. Y que, debido a esas malas notas, también les sería muy difícil conseguir dinero de inversores privados. Pero además tenían miedo de que el mero hecho de hablar con franqueza diera los mismos resultados, que el FMI pensara que se le estaban enfrentando, contestando de mala manera, y que el Fondo los castigara, se vengara de ellos. Es decir, tenían la impresión de que ni siquiera podían mantener un debate sincero.

—¿Es tal como lo cuenta, que el Fondo llega a un país, pasa cuatro días, les exige cumplir una receta, que es la misma en todos los casos, y se va? Y luego dicen que los políticos son corruptos.

—Ellos ponen una serie de condiciones… Por ejemplo, que el parlamento de ese país tiene que aprobar determinada ley en un plazo de 30 días, y otra ley en un plazo de 60 días. Pero, claro, todo el que ha participado en procesos democráticos sabe que no se puede reformar un sistema de Seguridad Social o de pensiones en 30 días. Que hacen falta meses e incluso años de discusiones para alcanzar un consenso social.

—¿Subsiste un cierto desprecio, racismo, y una continuación del viejo colonialismo, en esa manera de tratar a los países en desarrollo?

—En el siglo XIX, cuando México no pudo pagar su deuda, los ejércitos británico y francés desembarcaron. Por suerte, hoy no se hace eso.

—¿Cómo se hace?

—Hoy, el país se enfrenta a una crisis y el FMI le dice que, si quiere más dinero, tiene que hacer tal cosa. Hay una fotografía muy significativa, en la que Michel Camdessus (anterior responsable del FMI) está sentado así, mirando por encima del hombro al presidente de Indonesia, mientras éste firma la cesión de la soberanía económica. Hay incluso una farsa permanente, que consiste en que el país redacta una carta de intención, en la que detalla lo que piensa hacer, y la envía al FMI; pero es el FMI el que le ha dicho previamente lo que tiene que escribir. Se lo han dictado.

—¿Podría contarnos cómo funciona el FMI? ¿Cómo se deciden las conclusiones que darán lugar a sus políticas económicas?

—En el FMI no hay más que un país que tenga el derecho de veto: Estados Unidos.

—¿Y el resto de los países, qué papel tiene?

—Una de las cosas más curiosas que ocurren es que, a menudo, el representante de un país en el FMI es muy distinto al representante de ese mismo país en el Banco Mundial. Si se oyen las discusiones del representante estadounidense en un organismo y el representante en el otro, no parece que pertenezcan al mismo país. Por ejemplo, la representante de Estados Unidos en el Banco Mundial fue una mujer muy activa, que había sido compañera de habitación de Hillary Clinton en la Universidad, había estado al mando del personal de la Casa Blanca y había trabajado en un banco norteamericano, Chicago South Shore, que concedía microcréditos en los guetos de Chicago. Por tanto, dentro del Banco Mundial estuvo siempre muy interesada por el desarrollo y pudo resistirse a las presiones del Tesoro. Porque a veces se puede resistir. Mientras tanto, el representante estadounidense en el FMI era partidario de esa cultura de línea dura que existe en el Fondo, que consiste en hablar de que el país en cuestión tiene que hacerse a la idea de pasarla mal, tiene que centrarse en la lucha contra la inflación… Una línea que, hablando del papel que desempeñan el resto de los países socios del Fondo, muchas veces acaban asumiendo las personas que acuden a esas reuniones, por mucho que su punto de partida fuera otro totalmente distinto. En cambio, en el Banco suelen estar más preocupados por el desarrollo. Creo que es muy importante que los demás países empiecen a alzar su voz. En el Banco hay varios que han asumido firmes posturas en defensa del desarrollo y se interesan enormemente por los problemas relacionados con la pobreza. De tal forma que sirven de contrapeso a las posturas de Estados Unidos.

—Quienes representan a los países en las reuniones del Fondo son los ministros de Economía. Usted sostiene que en muchas ocasiones esos ministros están ligados a los grandes bancos y las grandes industrias.

—Sí. Un ejemplo es el secretario del Tesoro, que procedía de Goldman Sachs y después fue a trabajar a Citibank. El número dos del FMI procedía de la universidad, y cuando se fue, pasó a ser número dos de ese secretario del Tesoro en ese mismo banco. Desde fuera, podría parecer que fue una recompensa por cumplir órdenes. Yo no digo que fuera así, pero no tiene muy buen aspecto.

—Añade usted que esos ministros que van al Fondo también van a defender los intereses de las grandes empresas de cada uno de esos países.

—Sí. En el caso de Estados Unidos se ha visto de forma clarísima.

—Se llega a la conclusión de que estamos en manos de las grandes multinacionales.

—Yo intento decir que también hay otras fuerzas que intervienen… Pero hay una cosa curiosa, y es que cuando las autoridades del Fondo están tomando estas decisiones, ellos no tienen la impresión de estar actuando para favorecer a las grandes empresas. Ellos ven el mundo a través de otra perspectiva, de otros ojos. Ven las cosas a través de la ideología, y, si se les dice algo al respecto, negarán estar defendiendo los intereses de las grandes empresas. Dirán que todo lo hacen en interés de los países en vías de desarrollo. Afirmarán que esos países hacen lo que les han dicho, se verá que ésas son las mejores políticas posibles para ellos.

—Lo siguen diciendo, a pesar de que esas políticas han fracasado muchas veces. ¿Son unos hipócritas?

—El caso es que pueden tener razón en algunas de las cosas que dicen… Por ejemplo, si un país gasta mucho más de lo que ingresa, es evidente que acabará teniendo problemas. Pero lo más curioso es que, como es natural, a los bancos les interesa conceder préstamos, y lo que deberían decir a esos países es que, incluso si no piden más que un préstamo limitado, los bancos son muy volubles, y pueden estar dispuestos a prestar dinero en un momento en el que el país no lo necesita tanto, y, en cambio, cuando de verdad lo necesite, le van a exigir que se lo devuelva, y con intereses muy elevados. Pero nadie advierte a esos países que hay que ser muy cuidadosos con los préstamos. Los bancos promueven cosas como la liberalización de los mercados de capitales, pese a que todas las pruebas indican que es perjudicial para los países. Pero ellos creen que es beneficioso para los países en cuestión, tienen su opinión formada, y no quieren fijarse en las pruebas. No quieren ver las estadísticas. En el caso de la crisis de los países asiáticos, quise abrir un debate sobre el impacto que podían tener esas políticas en cada país, pero el FMI se negó a sostener ninguna discusión en público. Y yo dije: «Pero estamos hablando de instituciones democráticas en las que se supone que debe existir una política de transparencia». Pero no hubo nada que hacer.

—¿Por eso ha escrito el libro?

—En parte ha sido por eso. Creo que es importante que la gente de fuera pueda saber lo que ocurre dentro de esas instituciones. A ellos les gusta dar la impresión de que son la autoridad suprema y siempre toman las decisiones acertadas, pero me parece que este es un buen momento para que la gente se entere de lo que ocurre. Con el fracaso en la Argentina, los fracasos del Brasil y Rusia, la gente es más consciente de que las cosas no van tan bien como ellos dicen. Es importante constatar que no se trata de fracasos aislados. El FMI encuentra siempre alguna excusa para justificar el fracaso; el país hizo tal cosa o no hizo todo lo que le decían; si no hubiera sido por el Fondo, la situación habría empeorado todavía más… Incluso cuando reconocen que han cometido un error, como en el caso de la excesiva contracción de la política fiscal en el este de Asia, nunca se preguntan por qué lo han cometido. Es como si hubiera sido un accidente. No se plantean que pueda ser algo sistemático, que se trate de una falla del modelo. A la siguiente ocasión, vuelven a cometer el mismo error.

—Lo alucinante es que todo eso cause tanta tristeza, pobreza y angustia a millones de personas y que el Fondo, aun viendo tantos fracasos para acabar con la crisis, se niegue a discutir lo que está haciendo.

—El problema es el modo en que miran las cosas, tienen una perspectiva muy estrecha. Por ejemplo, en el Este asiático, cuando los tipos de cambio se estabilizaron, pensaron que la crisis se había terminado, aunque la desocupación seguía muy alta y los salarios muy bajos. Pero cuando los tipos de cambio dejaron de caer, proclamaron la victoria.

—Pero ese empecinamiento en el error debe ocurrir porque el Fondo y el Tesoro americano solo actúan de acuerdo con determinados intereses…

—Defendían intereses, sin duda. En el caso de la crisis asiática, su mayor preocupación era garantizar la devolución del dinero a los grandes bancos que habían hecho los préstamos. En el libro cuento que cuando propuse que utilizaran la figura de la bancarrota, me contestaron que la bancarrota sería profanar la santidad del contrato, sería como romper el contrato. No les preocupaba el contrato social y no querían admitir que la bancarrota es un elemento implícito de cualquier contrato de préstamo. Ya no se mete a la gente en la cárcel por deudas. Al mismo tiempo, hay que reconocer que, si bien defendían los intereses de los prestamistas (y en uno de los capítulos del libro explico cómo se puede comprender lo que hace el FMI, poniéndose en el lugar de los acreedores, y cómo entonces muchas cosas que no tenían sentido pasan a tenerlo), hay que reconocer que, cuando hacen las cosas, ellos no piensan que están actuando por esa razón. Piensan que están ayudando a ese país donde actúan.

—¿Ese modo de actuar nace de la política de Reagan y Thatcher en los años ochenta: de la doctrina del mercado como regulador supremo?

—Así es. Con Reagan tuvimos la liberalización del mercado financiero. Fue un desastre. Tuvimos la crisis de las sociedades de ahorro y préstamos, que costó varios miles de millones de dólares a los contribuyentes estadounidenses. Yo digo en broma que Estados Unidos quiso compartir esa experiencia con los países en vías de desarrollo, que no ha sido un acto egoísta: quería que todos vieran por sí mismos las consecuencias de la liberalización, para que ellos también tuvieran una crisis. Ja, ja. Pero es muy llamativo que un país como Estados Unidos que estaba sufriendo las consecuencias de la liberalización dijera a otros países que también liberalizaran sus mercados para que se encontraran con el mismo desastre. Me parece incomprensible.

—¿Por qué se consolida esa situación?

—Es la continuación de los tres factores: perspectiva, ideología e intereses. Por ejemplo, casi todos los economistas opinan que cuando hay una recesión conviene tener una política fiscal de expansión. Es lo que enseñamos en las clases de economía, en cualquier lugar del mundo. Cuando Estados Unidos sufrió un bajón económico en 2001, tanto demócratas como republicanos estuvieron de acuerdo en que hacía falta un estímulo. En cambio, el FMI, cuando se encontró con una caída de la economía en Latinoamérica hizo lo mismo que en el este de Asia y recomendó una política de contracción.

—Lo que más me sorprende es que hasta los gobiernos socialistas han hecho lo que quería el Fondo, e incluso todo lo posible por convencernos a los ciudadanos de que esa era la única posibilidad. Era un dogma.

—Eso es precisamente lo preocupante. Por ejemplo, el exceso de atención a la inflación en sociedades y economías en las que la inflación no es un problema, es un error. La primera responsabilidad de un gobierno es promover el empleo y el crecimiento. Controlar la inflación es un instrumento para un fin. La experiencia indica que, mientras la inflación sea baja o moderada, no tiene efectos negativos. Centrarse de una manera tan obsesiva en la inflación puede ser muy pernicioso.

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Publicado el noviembre 3, 2011 en Economía, NWO, Personalidades y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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